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El casquete de Guliya, en la meseta tibetana, en China – Jane Qiu/Science

Al oeste de las montañas Kunlun, en la parte china de la meseta tibetana y a unos 6.700 metros de altura, existe uno de las capas de hielo más antiguas del planeta: el casquete de Guliya . Esta corteza de hielo, de 200 kilómetros cuadrados, comenzó a formarse antes de que finalizase la última edad del hielo. De hecho, es un registro de los últimos 130.000 años de la historia del planeta y se cree que las partes más profundas podrían tener hasta medio millón de años de antigüedad. Por eso, el hielo de Guliya es como un arca que guarda los secretos del clima del pasado. Su importancia es grande, porque hoy en día la meseta tibetana impulsa el monzón y alimenta los ríos de los que depende la vida de 1.400 millones de personas.

El casquete de Guliya está en las montañas Kunlun, señaladas en la imagen
El casquete de Guliya está en las montañas Kunlun, señaladas en la imagen

Pero el hielo de Guliya esconde todavía más secretos. En su interior se han encontrado decenas de bacterias desconocidas. Y no solo eso, allí también hay virus. De hecho, esta semana una investigación que se ha compartido en el servidor de prepublicaciones « bioRxiv » ha publicado el hallazgo de 28 grupos de virus desconocidos que llevaban hasta 15.000 años congelados.

«Los glaciares del planeta se están encogiendo rápidamente –escriben los autores del estudio, encabezados por Zhi-Ping Zhong, investigador de la Universidad Estatal de Ohio (EEUU)– «Como mínimo, esto podría llevar la pérdida de archivos virales y microbianos (…) de los regímenes climáticos de la Tierra en el pasado; sin embargo, en el peor escenario posible, la fusión del hielo podría liberar patógenos al medio».

Testigos del pasado

Durante cientos de miles de años, una gran variedad de microbios ha estado detenida en el tiempo. Estos pequeños seres, que vivían en granos de arena, quedaron atrapados y preservados por el hielo, a salvo del ataque de otros microbios o de otras formas de degradación físicas o químicas.

Por tanto son auténticos «fósiles» de otra época (si bien es cierto que los fósiles auténticos se caracterizan por haber petrificado y haber quedado preservados en minerales). Por eso, son un recurso estupendo para estudiar cómo eran la vida y sus condiciones en el pasado. En el peor escenario, también son una forma de hacer un «reconocimiento» ante el posible resurgir de antiguos patógenos.

Por ello, este estudio ha establecido una nueva metodología «ultralimpia» para extraer muestras de microorganismos de testigos, cilindros de hielo obtenidos al taladrar el suelo. En su artículo, que todavía no se ha revisado ni publicado en una revista científica, han mostrado cómo aplicaron sus métodos en dos testigos de hielo extraídos en el casquete de Guliya y cómo lograron identificar nuevas especies de virus sin contaminar sus análisis con microorganismos actuales. Este último detalle es de la máxima relevancia: tanto perforar como extraer muestras del hielo hace que sea muy fácil contaminar el hielo con microorganismos o ADN actuales.

En concreto, escogieron dos testigos de hielo, extraídos en 1992 y 2015, y los colocaron en una sala fría a -5ºC. Usaron una sierra estéril para cortar una capa externa de medio centímetro de espesor y después lavaron el cilindro con etanol para fundir otro medio centímetro. Por último, hicieron otro lavado con agua estéril para acabar con el último medio centímetro. Gracias a eso, llegaron a una capa pristina en la que poder trabajar.

«Dormidos» desde hace 15.000 años

Después, por medio de la secuenciación dieron con 33 géneros de virus, de los cuales 28 eran desconocidos por la ciencia, cuyas antigüedades van de los 520 a los 15.000 años. Según han escrito los autores del estudio, los microbios de ambos testigos son muy diferentes porque «probablemente» quedaron atrapados en el hielo cuando el clima era muy distinto.

Un total de 18 de esto 33 supuestos géneros de virus, que están definidos por unas redes genéticas más que por unas observaciones directas, pudieron relacionarse con bacterias abundantes en los testigos, lo que indica que se trata de virus que atacan a estos microorganismos.Ad

Según concluyen los autores, toda esta información «comienza a rellenar el hueco de los virus archivados en el glaciar y arroja luz sobre su potencial impacto en sus hospedadores cuando están activos».

El descubrimiento de 28 nuevos grupos de virus no es tan sorprendente si se tienen en cuenta que los científicos apenas han comenzado a arañar la superficie de la diversidad de toda las especies que han de existir. 

Tomado de: abc.es



Fuente: Villavonoticias.com

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